Mi vida como entrenador Pokemon consorte (True Story)

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Los Cuñados somos de hacer mucho el ridículo en verano. Empiezan las vacaciones y, sin una rutina que nos obligue a disimular nuestro estado mental, al poco rato ya se nos está viendo el plumero.

La aventura que paso a relataros es, para mi vergüenza y escarnio público, REAL como la vida misma.

Ha sido, hasta ahora, mi momento surrealista de las vacaciones y tiene que ver, por supuesto, con Pokemon Go.

Se habla mucho de la vergüencita que da ver gente, ya no con pelos en los huevos si no posiblemente con canas, jugando a Pokemon Go. Pero de lo que no se habla, y también es un drama de los gordos, es ser LA PAREJA de esa persona y tener que ir por la calle intentando disimular y evitando a los conocidos. Primero de espía me han convalidado ya en lo que llevo de verano.

El caso es que estamos pasando unos días de vacaciones en familia en un pueblecito de las Rías Baixas. Ayer por la noche mi señora y mi cuñada me dijeron que si las acompañaba al pueblo de al lado a cazar “Pokémon“. Planazo, pero a ver quien dice que no. Cuando el mono aprieta los pokeros se vuelven muy locos.

Yo no lo tengo instalado, entre otras cosas porque mi móvil es una castaña, pero por lo visto en Louro no hay una puta mierda de pokemons, mientras que Muros está petado de los de tipo agua. (Si alguna vez entiendo lo que significa esta frase por favor MATENME)

Así que para allá que fuimos dispuestos a vivir locas aventuras colándonos en Shelbyville para robarles todos sus limones (si no pillas la referencia es que no comes viendo Antena 3). Aquí hasta tenía su punto el plan.

Lo que no sabía, es que si andas unos cuantos kilómetros, consigues eclosionar unos huevitos que se convierten en Pokémon muy monos y exclusivos, por lo que mis “entrenadoras Pokémon” pretendían que fuese en coche a menos de 15Kms por hora todo el trayecto hasta el otro pueblo para engañar al GPS y que piense que vamos a pié. Picaresca española y tecnología japonesa unidos. Esto si que es sincretismo cultural y no las mierdas de Malasaña. Y todo con el firme objetivo poner a un grupo de adultos a hacer el gilipollas. La noche no hacía más que mejorar.

– “Frena, que no puedo coger ese “Pidgeon”, ¡vas a toda hostia!”

– “Ve más despacio que tras ese acantilado hay una “Pokeparada”, ¡vas como un loco!”

Cuando la madre de tus hijos te suelta estas frases mientras que las dos docenas de coches que llevábamos detrás en la comarcal se dedicaban a pitarnos e insultarnos con alegría, eres consciente que la situación se te ha ido de las manos y solo te queda dejarte llevar. Lo que yo llamo “disfruta del paisaje aunque se te haya jodido el paracaídas, porque la hostia te la vas a llevar igual”.

Nuestra entrada en el pueblo en cuestión fue un festival. Yo con el coche a 10 Km/h mientras mi mujer y cuñada atrapaban Pokémon de lo más variopintos.

– “¡Hay un “Horsea” metiéndose por ese callejón, tiraaaaa!”

– “Cariño, es que la calle está cortada porque están en fiestas. ¿Por qué no bajáis y vais andando?”

– “¿Andando…? déjalo, sigue recto, que me han dicho que en esa iglesia de 01:00 a 02:00, a veces sale “Bulbasaur”…”

Una mierda Transporter. Al Jason Statham le ponía yo de taxista pokemon, a ver si se hacía igual el chulito.

Llegados a un punto, vimos que en la plaza del pueblo había dos “Pokeparadas” y alguien había puesto cebos para atraer a los bichos y sin tener que andar (que es lo que más le jode en el mundo a mi mujer. No puede ver una demostración de vaguería sin tomársela como un desafío).

La plaza del pueblo era una diáspora, una mezcla de terracitas llenas de turistas tomando gintónicos junto gente de todas las edades aprovechando los cebos y dándole a las “Pokeballs” sorteando a los guiris borrachos como si no existieran. Cada grupo ignorando cordialmente al otro como si dos universos distintos se hubiesen solapado y pudiesen verse pero no tocarse. Una imagen sacada de un cuadro del Bosco que, a mi entender, le da la razón a todos los que dicen que el apocalipsis está cerca y que además no nos vendría ni tan mal.

Después de una hora confraternizando con los cazadores locales la camaradería era máxima. Claro, que el 90% de los cazadores locales eran niños de 8 años, y yo me sentía un poco incómodo al verme intercambiando teléfonos y “Poketruquis” con personitas que podrían llevarme a tener que responder preguntas incómodas ante algún policía suspicaz, por lo que me aparté unos metros y busqué cosas ingeniosas que escribir en twitter para hacerme pasar por un adulto responsable. Mi mujer y mi cuñada estaban encantadas.

De repente se hizo el silencio. En la plaza entró un “chavalín”, de unos 35 años, gorderas y de aspecto taciturno (al que nosotros decidimos bautizar como “Pedre”). Le rodeaba un aura de respeto y las caritas de todos los niños se volvieron hacia él, anhelantes de recibir un poco de su sabiduría. Supimos al instante que estábamos ante la máxima autoridad Pokémon de Muros.

El tío cazaba con una Tablet y ni se dignó a mirarnos. Andaba con parsimonia mientras la chiquillería iba apartándose a su paso como un Moises Pokemon abriendo las aguas.

– “¿Boas capturas?” (le preguntaban)

– “Nada, un “Tentacruel” y poco más.”

Probablemente su padre se jugaba la vida en la ría cogiendo percebes mientras el chaval andaba con la maquinita. Adaptándose a los tiempos, ya ves.

Eran las 02:00 de la mañana y empecé a darme cuenta que los tiempos no habían cambiado tanto como creía. Yo, que me había criado en recreativos de a los de 25 pesetas el crédito y adolescentes fumando, me di cuenta que aquella plaza no era si no un enorme recreativo al aire libre. Con su admirado macarra, sus clientes dándolo todo a horas en las que deberían estar haciendo otra cosa y los clásicos chavales mendigando partidas.

Había varios niños vagando como buey sin amo, sin batería en el móvil y ofreciéndose a capturar “pokémon” por ti.

– “Mira “Magikarp”. ¡Te lo cojo con solo dos pokeballs!” (¡El “yo te lo paso” de los 80 actualizado!)

Yo le pregunté que por qué no iba a su casa a cargar el teléfono, y me dijo que si iba, su madre ya no le dejaría salir más. (¡Malditas madres! ¡¿Es que no entienden que ese gimnasio no se va a conquistar solo?!)

Tenían un evidente síndrome de abstinencia y pululaban por entre los cazadores suplicando interactuar con los preciados smartphones.

Uno de estos niños nos preguntó extrañado al ver nuestras torpes maniobras que si habíamos jugado los “Pokémon” de Nintendo previamente, o si solo jugábamos por la moda.

Las miradas de vergüenza y nuestra cara roja fueron suficiente respuesta, y solo alcanzamos a decirle: “Toma puto niño. Pero no gastes más de cinco bolas. ¡Y que no se entere Pedre!”

Fue una gran noche. Mañana repito fijo.

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